sábado, 4 de agosto de 2012

CON EL BARRIO DE LINIERS COMO SEÑAL DE IDENTIDAD
La figura del periodista Edgardo Román Gilabert, al amparo de su entrañable geografía barrial  


No caben dudas, Edgardo Román Gilabert es un linierense de pura cepa: amante de su barrio de toda la vida, hincha de Vélez y -sobretodo- un amigo con el que he compartido una buena parte de mi historia.
El paisaje de Liniers es parte de su ADN. Edgardo nació en Acassuso casi esquina Larrázabal, el 26 de diciembre de 1934, y tal como él mismo asegura, modestamente, su llegada fue un regalo de navidad para toda la familia.
Y si hablamos de su familia resulta imposible no mencionar a su padre, Antonio Gilabert, un verdadero prócer del barrio, al cual dedicó casi toda su vida a través de su abnegada y desinteresada participación en diversas instituciones de bien público.
Fue presidente de la ya desaparecida Sociedad Cosmopolita de Liniers, primera entidad mutual en formarse allá por el año 1905; presidente del club Santiaguito (tal como varios conocen al Santiago de Liniers) de Caaguazú y Oliden, por espacio de 30 años; y presidente de la Cooperadora de la Escuela José María Torres, entre otros espacios que supieron de su generosidad.
La madre de Edgardo - y esposa de Antonio - fue Delia Faquetti, encargada de las tareas domésticas y eslabón fundamental de esta familia, que además integraban los hermanos de Edgardo: Marcelo (químico de profesión), Norberto Jorge (médico) y Helida Hilda (o cariñosamente "la Negra").
Pero volviendo al protagonista de esta nota - que jamás se alejó del barrio que lo vio nacer - supo hacerse popular como periodista deportivo en Radio Rivadavia, integrando el mítico equipo de José María Muñoz.
Además, se desempeñó durante 20 años en Cablevisión y Canal 2, con su programa "Compac Deportivo" y en el noticiero diario.
Su extensa trayectoria profesional lo llevó a ser considerado por la prensa como el mejor relator de básquet del país. Muchos aún hoy lo llaman "la voz del básquet". Entre otros ciclos en los que brilló, se destaca el programa que condujo junto a Ricardo Arias por LR4 Radio Splendid: "Entre las Sogas y el Tango", en el que cada sábado transmitían desde el Luna Park las memorables peleas de otros tiempos, con boxeadores de la talla de Nicolino Locche, Carlos Monzón, Víctor Galíndez, Goyo Peralta, Miguel Ángel Castellini y Horacio Acavallo, entre otros.
Desde hace casi cinco décadas está casado con Mirtha Susana Díaz, su fiel compañera de la vida, con quien coronó su amor con la llegada de sus dos hijos: Adrián Edgardo (Lic. en Marketing) y Marcela Susana (actriz).
A medida que va transcurriendo la charla, como en cualquier encuentro de amigos, inexorablemente surgen los recuerdos de la infancia. Y entonces habrá tiempo para evocar sus años de jugador de fútbol (llegó a jugar en la Tercera) y de básquet en Vélez, y sus andanzas como actor en la compañía del Departamento de Cultura de Vélez allá por la década del 50 (que dirigían Hilda Bernard y Ricardo Lavié).
Pero también aparece el recuerdo de la inoxidable calesita de Don Luís, en su ubicación original, de Ercilla y Larrazábal, a pasos de la garita que se levantaba justo en la esquina, los célebres carnavales en Rivadavia y Montiel, los bailes de Vélez, las populosas clases de baile folclórico, donde la juventud femenina abundaba y en donde conoció a su esposa, hace más de 52 años; y su actividad en el otrora Banco Crédito Liniers, como responsable de la publicidad, entidad a la que llegó junto a su entrañable amigo Ricardo Bloise, de la mano de Víctor González.
Pero entre tantas historias y recuerdos compartidos, la mayoría con la inconfundible escenografía de su barrio, se abre paso el presente, que desde hace más de diez años lo muestra produciendo y conduciendo el ciclo "Liniers un barrio con Historia", que se emite todos los domingos de 12 a 13 por Radio Porteña (AM 1530) Cadena Eco.
Como para no perderle pisada a la sana costumbre familiar, de tomarle el pulso y ponerle el hombro a Liniers y sus vecinos.
Más allá de los cuatro juegos olímpicos y los cuatro mundiales de básquet que lo tuvieron como figura excluyente del periodismo, hoy sus días están invadidos por el cariño de sus cuatro nietos: Juan Bautista y Juan Augusto, hijos de Adrián, y Miranda y Milena, hijas de Marcela. Vayan estas líneas como un justo reconocimiento a alguien que desde las calles y pasajes de su querido Liniers, aún hoy, a los 77 años, continúa trabajando y ocupándose con el mismo entusiasmo, por las inacabables cosas de barrio. 

lunes, 21 de mayo de 2012





ALFREDO PLANK Y LUIS URSI, 
EL SABOR DEL ENCUENTRO
 
El odontólogo Ursi y su paciente y amigo Plank, en el consultorio del primero, donde comenzarían a desandar sus recuerdos de juventud
 
Luego de varios años, dos entrañables personajes de Liniers volvieron a estrecharse en un abrazo.
Hace algún tiempo alguien me dijo que los reencuentros luego de muchos años, siempre son un regalo de la vida. Y tenía razón. Días pasados transitaba con mi amigo, el artista plástico de Liniers Alfredo Plank, que está de regreso en Buenos Aires luego de exponer en el Consulado Argentino en Barcelona, cuando en la esquina de Palmar y El Hornero nos encontramos en la puerta de su consultorio, con el odontólogo Luis Ursi. Sorpresa y motivo más que suficiente para ese abrazo casi juvenil, y saber sobre la salud de ambos, su vida familiar y comenzar a destejer esas viejas y entrañables historias dormidas, que como por arte de magia afloran inexorablemente en momentos como ese.
Imposible entonces que no apareciera en la charla la querida escuela Félix de Olazábal, en Ramón Falcón y, por imposición de ambos y en homenaje a aquellos años felices, Tellier (hoy Lisandro de la Torre), que fue parte de esas primeras evocaciones.
Pero como la charla amenazaba con extenderse y el fresco de la tarde de un otoño flamante había llegado sin pedir permiso, Ursi nos hizo pasar a su consultorio, en cuya sala de espera luce una obra del eximio fileteador Martiniano Arce, donde continuó el encuentro.
Luis se casó con Noemí Susana Trica, conformando una familia junto a su hijo Martín Andrés. "¿Te acordás en junio de 1955, el día que se armó esa escaramuza en Tellier y Palmar, cuando los soldados apostados allí se despacharon contra el avión que sobrevolaba el barrio y el susto que teníamos?", le preguntó el doctor a su amigo Plank, que no tardó en responder. "Claro, si al otro día todos decían que la guerra había llegado a Liniers".
Alfredo recordó a Mario Pucciarelli, notable pintor que afincado desde hace años en Italia, nunca más regreso por estos pagos. Otro personaje de antaño resucitado en la charla fue el Hortelano, que vivía en Ventura Bosch entre Palmar y Tellier, y que tantas veces retrata en estas páginas con su pluma simpática y mordaz, el querido Carlos María Caron. "Era un talentoso escritor pero a la vez un personaje bastante extraño", recalcó Plank, y agregó entre risas "recuerdo que se pasó dos años en la cama porque quería ver pasar el tiempo, hasta que un día la muchachada lo depositó con cama y todo en la plaza, frente al busto de Sarmiento".
También pasaron por el tamiz de los recuerdos el viejo Alfredo Conde, director de escuela y, según se creía, la encarnación de Pestalozzi. "Se pasaba horas en la plaza desagraviando a Sarmiento, cuando los jóvenes de entonces, cada tanto, le ponían un sombrero o una bufanda a la estatua", recordó Ursi con su pulcra sonrisa de odontólogo.
Y mientras la tarde mansa colmaba el aire con el gorjeo incesante de los gorriones, .a los pocos minutos aparecieron en escena los inolvidables artistas plásticos del barrio, como el Tano Tomás Di Taranto, Alfredo Corace y Segundo Pérez, que tenía su atelier y vivienda en Ramón Falcón entre Tellier y Martiniano Leguizamón, y cuyas obras fueron insertadas en los billetes de Lotería. Pero además se sumaron al recuerdo los artistas Rómulo Maccio, Leopoldo Presas, Carlos Alonso y Pérez Celis, con quien tanto Plank como Ursi, transitaron juntos por la vida.
Ursi recordó especialmente su paso como docente en la escuela primaria de Tellier al 1100 (la 10 del DE 20), donde se desempeñó durante varios años, y cuyos ingresos le permitieron solventar sus estudios en la universidad.
Y cómo olvidar el campito de la hoy Manzana de Oro, en Carhué y Boquerón, o el potrero de Ramón Falcón y Murguiondo, sitios que además de ser sedes obligadas para los picados y partidos de fútbol, se llenaban de color y algarabía cada vez que paraban los circos, los mismos que al retirarse, dejaban esa particular aureola en la tierra que, como dice Jairo en una de sus canciones, pareciera que allí hubiera dormido el niño Dios.
Y hablando del de arriba, también surgió la evocación de la iglesia y capilla del pueblo "Las Nieves", y el grato recuerdo para el cura Gatti, que ataviado con su sotana negra, trataba que algunos jóvenes ingresaran al seminario.
"Donde pasamos momentos inolvidables fue en los cines de Liniers", irrumpió Plank. "Tenés razón -lo apoyó Ursi- el Canadian y el Edison, que para entrar tenías que ir con saco y corbata, y si no tenías corbata te daban una en la boletería". También recordaron a El Capitolio, donde pasaban tres películas por 10 centavos.
Luego serían parte de la charla las calles de tierra, Ramón Falcón, Pilar y el Sargento Ponce a caballo corriendo a los pibes a la hora de la siesta, la comisaría y los bomberos de Albariño, los chocolates de los días patrios y las interminables fogatas de San Pedro y San Pablo.
Ursi sigue con su tarea educativa en la universidad de Maimónides, como profesor asociado, dictando los cursos de Diagnóstico por Imágenes, lo que no le impide continuar atendiendo su consultorio de Palmar. Plank reparte su tiempo entre su querido Liniers y Alemania, donde está radicado desde hace varios años y es reconocido por su exquisita labor artística.
Como pidiéndole permiso a la tarde, finalmente la noche se hizo presente. Y tras haber transitado los pasajes, las calles y los consabidos personajes de la época, un fraternal abrazo de despedida sirvió de aval a la fiel promesa del reencuentro, sin fecha fija en el almanaque. Porque si como me dijeran aquella vez, los reencuentros y su infalible caricia para el alma, son un regalo de la vida, mejor entonces que lleguen sin avisar.

miércoles, 14 de marzo de 2012

VERDE QUE TE QUIERO VERDE

Las plazas simbolizan desde siempre el espacio público, enalteciendo el verde en un terreno generalmente amplio y descubierto, que además de utilizarse como lugar de esparcimiento, también se ofrece para realizar actividades sociales y comerciales.

Creo que cada plaza refleja en parte, la idiosincrasia del lugar, por la flora, por el diseño y especialmente por la figura de la personalidad o el hecho que enaltece en su nombre. Atrás quedaron las calesitas y aquellos cuidadores, que además de velar por el espacio público, adornarlo y embellecerlo, al caer el sol vigilaban a las parejas que sentadas en los bancos se prometían amor eterno.

Desde la prehistoria, las plazas han sido no sólo un lugar de encuentro, sino también el centro del poder. Basta solamente con recordar algunas que han marcado la historia, como la plaza Tiananmen (Pekín), la Plaza de la Concordia (París), o la Plaza Roja (Moscú) que conmemora la victoria rusa en la Segunda Guerra Mundial. Pero también están aquellas otras que perduran en las retinas de sus visitantes, como la plaza del Campo de Siena, un ejemplo de trazado irregular medieval; la Plaza del Capitolio (Campidoglio) en Roma, de forma rectangular, diseñado por Miguel Ángel; la plaza San Marcos (Venecia), históricamente centro religioso, la Plaza Mayor en Madrid; la Plaza de España en Roma, situada a distintos niveles, con una amplísima escalinata salva el desnivel, la Piazza Navona (Roma); de forma alargada por corresponder a la planta de un circo de época romana clásica, o la Plaza San Pedro del Vaticano.

Ya en nuestra ciudad, la histórica Plaza de Mayo y su Pirámide, o la plaza de la República, que tiene al obelisco como fiel testigo de tantos encuentros de los argentinos, hoy ya son espacios emblemáticos que han marcado épocas y epopeyas. Así fue que me puse a pensar en la importante cantidad de plazas que tiene el barrio de Liniers, e imaginaba si no será unos de los barrios de la ciudad con más espacios verdes.

Así que aprovechando el verano, me calcé la gorra y me lancé a recorrerlos para disfrutar de la sombra de sus añosos árboles.

Primero me dirigí a la Ejército de los Andes: Si bien está en el límite con Villa Luro, pues se ubica entre las calles Corvalán, Ramón Falcón, Albariño y Rivadavia, fue creada, según la Ordenanza Nº 10058 del 27 de diciembre de 1938 y promulgada el 12 de enero de 1939: Hoy se encuentra enrejada, frente al edificio de departamentos que en otras épocas fuera la sede de la Comisaría 44a y que hasta el año 1979 nos pertenecía. En otras épocas se reunían los alumnos de los colegios y con un chocolate se festejaban allí las fechas patrias.

Luego rumbeé para la plaza Coronel Martín Irigoyen (1857-1916) Así llamada según la subdivisión por zonas de valor del año 1923. Está plaza está delimitada por las calles Larrazábal, Fonrouge, Caaguazú y Cossio. Martín Irigoyen fue un militar que combatió en la guerra contra el Paraguay. También lo hizo en 1880 en San José de Flores y en Corrales, actuó en la frontera del Chaco entre 1882 y 1884. En ésta plaza fue erigido el monumento a la madre, diseñado por el escultor Santiago J. Chiérico, e inaugurado en 1969. En 1991, un grupo de inadaptados lo destruyeron, pero con el auspicio del Rotary Club de Liniers, el mismo fue nuevamente erigido y hoy se lo puede volver a ver. Además, durante años el Rotary organizaba anualmente el encuentro de pintura para los alumnos de los colegios y también periódicamente se realizan los actos en honor y recuerdo a los desaparecidos en la dictadura militar.

En la plaza que está enfrente sobre la calle Cossio, denominada "Isadora", se destaca el mural pintado sobre la medianera que le da un colorido particular.

A unas cuadras de allí se encuentra el parque Francisco Santojanni, que está delimitado por las calles Patrón, Acasusso, Martiniano Leguizamón y Murguiondo. Actualmente, al abrirse la calle Murguiondo, el parque quedó dividido en dos. En la parte que da al hospital sigue siendo una plaza recreativa y el resto forma parte de un atractivo polideportivo, dependiente del Gobierno porteño.

Del otro lado del hospital, está la plaza María Ana Mogas Fontcuberta. El 23 de noviembre de 1996 quedó formalmente bautizada esta plaza, ubicada en Lisandro de la Torre y Acasusso (frente al hospital Santojanni). con la presencia del Dr. Fernando de la Rua, por entonces Jefe de Gobierno porteño. Por Ordenanza Municipal Nº 51007, el nombre asignado honra a quién fuera fundadora de la congregación religiosa Hermanas Franciscanas del Buen Pastor y a la que también debe el nombre el colegio ubicado en la calle Guaminí 1850, en Mataderos.

Caminé unas cuadras más bajo el impiadoso sol del verano porteño, y llegué a la plaza Sargento Cabral, así llamada por el Decreto Nº 10844/953 del 09/11/1953, que dice "visto el presente expediente por el cual el Círculo de Oficiales de las Fuerzas Armadas de la Nación, solicita se imponga a una plaza de esta ciudad el nombre de Sargento Cabral y Considerando el acto heroico del Sargento, sacrificando su vida en el combate de San Lorenzo para salvar la de su ilustre jefe, el General Don José de San Martín, debe ser perpetuado en el recuerdo de los argentinos como uno de los mas nobles ejemplos de abnegación y patriotismo, por ello, de acuerdo con los informes producidos y lo propuesto por la Secretaría de Cultura el Intendente Municipal, impuso dicho nombre a la manzana delimitada por las calles José León Suárez, Martínez de Hoz ( al norte), y Pasaje M. Arce (al sur)?. El martes 26 de mayo de 2009, en una mañana fría y desapacible, el Jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri irrumpió sin previo aviso en el barrio de Liniers, para inaugurar oficialmente las obras de remodelación de la plaza.

De allí me fui para los pasajes y llegué hasta la plaza Sarmiento, que está comprendida entre las calles Cosquín, Tuyuti, Humaitá y El Rastreador, y es un predio que tiene mucho que ver con la historia del barrio. Fue fundada en el año 1930, y su superficie es de 6910 m². El nombre de Sarmiento fue solicitado por la "Corporación Sarmiento" y auspiciado por el Distrito Escolar Nº 20. En la plaza se encuentra un monumento de bronce al prócer, construido por Vicente J. Roselli, siendo oficialmente inaugurado el 18 de septiembre de 1938. Esta ha sido la segunda plaza fundada en Liniers y tiene un aspecto singular, pues está elevada por sobre el patrimonio. Se dice que con las excavaciones de las Mil Casitas, la tierra sobrante iba a parar allí, por eso presenta ese atractivo desnivel tan pronunciado.

Por último, me dirigí a los confines del barrio, y recorrí la plaza 18 de Diciembre, así bautizada en honor a la fecha de fundación del barrio. Está ubicada sobre la colectora de la General Paz, en el predio que antes ocupara la feria municipal. Es otro espacio verde muy interesante, que entre otras cosas, la Junta de Estudios Históricos de Liniers, está analizando la posibilidad de ubicar allí el vagón del ferrocarril donado a la entidad, para que funcione como su sede.Y allí instalado con el gorjeo de los pájaros mezclado por el sonido de los autos que atraviesan la General Paz, repasé también las plazoletas de Liniers, espacios menores pero caros a los sentimientos de los vecinos. Recordé entonces la plazoleta de los Campeones, ubicada justo al frente de la entrada principal del Club Atlético Vélez Sársfield, erigida el 29 de diciembre de 1998. En las placas al pie del monumento resaltan los títulos obtenidos por el equipo y los jugadores que los integraron.

La plazoleta Santiago José Chiérico, que está ubicada en la confluencia de las calles Humaitá y José León Suárez, y desde el 25 de junio de 2001 lleva el nombre de éste ilustre vecino, famoso por su arte. Algo similar ocurre con su vecina, la plazoleta Tomás Di Taranto, que honra en su nombre de otro genial artista plástico de Liniers. También está la plazoleta Superintendencia de Bomberos Policía Federal Argentina, ubicada en la esquina de Lisandro de la Torre y Ercilla, al límite con Mataderos. Ésta coqueta plazoleta fue erigida el 15 de noviembre de 1990, según la Ordenanza Nº 44611. Posee una placa que textualmente dice: "Aptitud y dedicación, abnegación y sacrificio ser humano especial Bombero. Aquí hoy te honramos la comunidad mataderense a la Superintendencia de Bomberos Policía Federal Argentina". Y finalmente aparece la plazoleta Nuestra Señora de Luján de los Patriotas, ubicada en el límite de Liniers, frente a la parroquia homónima de Emilio Castro y Carhué. Además, a todos estos espacios podrían agregarse las más de 32 hectáreas que albergaron los talleres del ferrocarril, que siguen pendientes de resolución por parte del Estado Nacional. Todos estos predios, sumados a los espacios arbolados sobre la avenida General Paz, le dan un colorido muy especial a nuestro querido barrio de Liniers.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Los Relojes de Liniers ya no nos darán ni la hora

El pasado 29 de octubre, uno de los comercios más antiguos de Liniers cerró definitivamente sus puertas.
Se trata de la histórica relojería Valladares, de Montiel 108. En una de mis habituales visitas al local, me llamaron la atención algunas conversaciones entre los clientes y Carlos Panatti, o simplemente "Carlitos", como tantos vecinos conocen a este antiguo habitante del barrio, que durante tantos años se ubicó detrás del mostrador de la joyería, inclinado sobre un reloj pulsera y apretando con la ceja derecha el monóculo.
Una señora le entregó un reloj para reducirle la malla, y una vez realizada la modificación preguntó sobre el costo de la compostura.
La respuesta - como tantas otras veces - fue contundente: "nada señora". Más tarde, otra persona pagó dos pesos por un arreglo.
Carlitos forma parte de aquellos viejos comerciantes que hicieron época, aconsejando sobre alguna compostura y cobrando un precio justo, sin avivadas.
Hasta que de pronto, el entrañable relojero de Liniers deslizó al pasar "en unos días cierro".
Un manto de silencio cubrió el local. Uno a uno fueron ingresando clientes que informados sobre la novedad, se preguntaban incrédulos "¿es verdad? ¿y ahora qué hacemos?".
Es que desde su histórico local de Montiel 108, Valladares marcó el tiempo en Liniers de la mano de Gilberto Pritz, que desde 1937 y hasta el 5 de febrero de 2003 cuando falleció, estuvo al frente del comercio, haciendo un culto de su profesión.
Como aliado inseparable, desde el 15 de abril de 1957, Carlitos llevó adelante la incansable tarea de arreglar los relojes de todo habitante de Liniers que se acercara hasta su local.
Cómo no recordar el espíritu jovial de Gilberto, sus bromas y la alegría con las que atendía a todos los clientes, secundado a la perfección por Carlitos que, como Portales a Olmedo, le daba el pie necesario para rematar sus humoradas.
Casi como homenaje a este verdadero símbolo del comercio de Liniers, podríamos hablar de la historia del reloj, desde el día y la noche de los primeros habitantes del planeta, de los relojes egipcios, romanos, chinos, mayas o incas, de los relojes a péndulo, de los de sonería, los de mesa o los de pié, de los despertadores que por las mañanas nos invitan a levantarnos y que tanto maldecimos, de los de muñeca, caros y con estilo o baratos, de aquellos que conservamos como reliquia que pertenecieron a nuestros antepasados, los reloj cu-cu y los cambios de horarios de verano a invierno y viceversa.
Esa es una opción, la otra es prolongar en la memoria colectiva de los vecinos el recuerdo de la joyería Valladares, que no sólo marcó los tiempos en el barrio, sino que nos permitió conocer a dos bellos personajes que, a decir verdad, siempre estuvieron prontos para dar la hora en el momento justo.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El Recuerdo para Celia Cambas de Heredia - Parte del ADN de Liniers

En mi permanente obsesión por intentar retratar cada esquina, cada historia y cada personaje que ha surgido de entre las entrañas de mi querido Liniers, suelo escarbar a diario en cada uno de los rincones del barrio para intentar dar con ese material que no hace más que subrayar el sentido de pertenencia que muchos de los que aquí vivimos sentimos por nuestro terruño.
Sin embargo, en ésta oportunidad me topé de frente con uno de esos temas, que no admiten archivarse en el olvido.
Días pasados recibí unas líneas de Agustín Heredia, informándome el deceso de su abuela Celia Cambas de Heredia, una pujante vecina de Liniers, que se llevó consigo parte de la historia de estas calles y cuyo particular estilo de vida merece ser reflejado en estas páginas.
Por eso, decidí incluir en mi habitual columna esa carta a manera de homenaje, para este verdadero símbolo de Liniers, que supo dejar bien plantado un apellido que ya es parte del ADN barrial.
El texto completo se ubica a continuación: "Si alguien conocía y quería a este barrio esa era mi abuela, una viejita hermosa y coqueta con algunos kilitos de más, arrugas, canosa por el lógico pasar de los años, y con una larga pollera que intentaba ocultar sus típicas medias color piel.
A los 95 años la abuela Celia hacía dieta, caminaba un kilómetro por día, iba a la peluquería para mantener el color, usaba ropa a la moda y se compraba accesorios como cadenitas o aritos en los mismos locales que tienen como clientas a chicas de 20 años.
Fanática de los zapatos y tapados, y de las cremas antiarrugas que yo mismo le descubría cuando iba a su casa a cenar o a tomar mate.
Sus amistades tenían 25 y hasta 30 años menos. Hasta el año pasado tomaba clases de gimnasia en la pileta del club Liniers con gente de 60 años, y aunque desde hace un tiempo escuchaba poco, jamás iba a admitir que no escuchaba o que estaba un poco sorda.
El año pasado tuvo un accidente y se rompió la cadera. Con 94 años se sometió a una operación de la cual los médicos aseguraban que era muy difícil que saliera por su avanzada edad.
Para resumir, tres meses después estábamos discutiendo en la esquina de Carhué e Ibarrola por qué venia caminando como si nada cargando dos bolsas repletas de frutas y verduras.
Dueña de ese don que tienen la mayoría de las abuelas, cocinaba como pocas y en navidad y año nuevo siempre fue infaltable ese pollo a la naranja por el que nos peleábamos todos los primos y que por primera vez este año lamentablemente faltará.
Conoció a mi abuelo en los bailes de carnaval del club Liniers, de Palmar. Mi abuelo José Luís Heredia era uno de los fundadores del club Liniers - que hoy milita en la Primera División C del fútbol argentino - junto con mis otros tres tíos abuelos.
Fue madre de Adriana, mi tía, y de mi papá Jorge, jugador de fútbol de aquel Liniers Sud, de Beromama y enamorado como pocos de este barrio.
Creo que el que vive en Liniers desde que nació, como yo que tengo casi 30 años, tuvo que haber ido, o pasado por estos lugares que son tan trascendentes para el barrio y lógicamente para mí también. Pero lo más importante no es la historia de mi familia, sino este "hasta luego" a mi abuela.
Ayer, mientras estaba en el cementerio pensaba que ojala todos pudiéramos vivir como ella vivió y morir como murió, sin sufrir, de un suspiro, como ocurrió en la madrugada del 24 de agosto. Lógicamente estoy triste por su partida, pero también me siento orgulloso de mi abuela por la que me nació escribir esto.
No voy a poner la típica frase "te voy a extrañar", pero sí te recordare siempre, ya que creo que después de los que les acabo de contar en esta nota, queda claro que jamás la vamos a olvidar".

martes, 13 de septiembre de 2011

Una Historia de Inmigrante - María Adela López Martínez

Caminaba días pasados, tratando de distinguir los olores de las flores en los jardines. Me llamó la atención una abuela que tirando de un changuito, que se le había trabado en unos de los tantos pozos que adornan las veredas, luego de realizar las compras en los comercios de la zona. Hacia esfuerzos para liberarlo, así que me acerque y le ofrecí ayuda.
Su acento era muy particular, así que luego de enterarme sobre su nombre “Adela”, aproveche para hacerle algunas preguntas y pedirle que me contara sus vivencias, luego de algo más de 50 años de permanencia en el barrio, poco esperanzado de que accediera por los problemas de inseguridad.
Grande fue mi sorpresa cuando de muy buena manera me invitó a tomar un café, así que nos dirigimos hasta su casa sita en la calle José León Suárez al 700. Como digo siempre, detrás de cada puerta hay una historia y cosas que contar.
Esta es la vida de una inmigrante llegada hace cerca de 60 años proveniente de un pequeño poblado de no más de treinta personas cerca del límite de Asturias y León, “Monasterio de Hermo”, lugar en el que aún se conservan las tradiciones y costumbres.
El primer recuerdo fue para sus padres y su casa de piedra en donde en la planta baja las ovejas y unas pocas vacas eran guardadas como el oro, pues de ellas y el sembrado de una pequeña área dependía su subsistencia.
Pero comencemos diciendo que sus padres Daniel y Adonina llegaron al país en los primeros años del siglo pasado para servir en la familia Bullrich. La estadía duro algo más de cinco años, luego de los cuales regresaron a España.
Allí se consolidó la familia, naciendo sus hermanos, Amalio Benito, Ana Maria y Alicia Maria.
Pero las guerras en Europa estaban haciendo lo suyo, la miseria resultaba insoportable. Además del hambre, el poco estudio recibido de la mano de un tío con pocas actitudes de trasmitir los rudimentos de lectura, motivaron la decisión de emigrar.
Primero llegó su hermano mayor Amalio Benito, y luego año tras año cada uno del resto de la familia, los últimos en llegar fueron sus padres.
A medida que arribaban eran recibidos y cobijados en la casa de unos tíos en Ciudadela, sobre la hoy Avda Gaona, de tierra, zanjas y en donde la huellas de los caballos en invierno se pintaban de blanco debido al intenso el frío.
Luego conoció a Victorio un porteño nacido en el abasto, radicado en Ciudadela dedicado al rubro de la gastronomía, conformando una familia y se afincaron en su actual casa.
Supo de los delivery de su época, el lechero, el vendedor de gallinas, el panadero y el verdulero, las calles de tierra, la llegada en horario de los trenes y el esfuerzo de muchos de tener un sitio digno donde habitar. Del Matrimonio nacieron Juan Daniel y Cristina Mónica.
Victorio luego de establecerse en el barrio, desarrolló su actividad gastronómica en la pizzería “El Trébol”, ubicada en la Avda Gral. Paz, ya desaparecida, y coronaron con su anhelo de aquello “mi hijo el doctor”, pues ambos son contadores.
Seguro que ese changuito seguirá rodando sobre nuestras veredas, con orgullo seguirá mostrando el libro editado por la academia Asturiana de Heráldica y Genealogía, donde la historia de la familia López Martínez, su casa y el escudo familia tiene un lugar destacado, pero también la incertidumbre de imaginar la tierra que la vio nacer.
Esta es la historia de uno de tantos inmigrantes que con su esfuerzo y dedicación sumaron para que el barrio creciera. No me puedo olvidar de su jardín que tan bello se ve en la foto, pues son parte de su vida, el trabajar la tierra.

Fotos: Escudo de la familia y Capilla de Hermo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Los Caminos de la vida

Diciembre del 2006, centro de Buenos Aires, calor sofocante, calles cortadas por pintorescos piquetes de no más de diez personas.
Tránsito enloquecedor, peatones exasperados, escenario patético de la ciudad, que invita a pensar una vez más, si ya no es hora de instalarnos en un pueblo del interior del país.
Cansado de extenuantes reuniones, de no probar bocado, y siendo las nueve de la noche, luego de sortear el tránsito de las autopistas y calles llenas de baches, llegué a mi casa. Ni bien había desensillado para tomarme esos cinco minutos de descanso, recibí un inesperado llamado telefónico.
Era Ángel, un compañero del colegio secundario con el que hacia años no nos veíamos, para invitarme a una reunión y reencontrarnos. La cita sería en la casa de Jorge, “El Enano”. Luego de cambiar unas palabras me pasó la dirección y nos despedimos. La noticia suavizó en parte el cansancio del día.
La incógnita y el misterio de no saber con lo que me iba encontrar, disparó en mí el recuerdo de viejos tiempos compartidos.
Caras de otras épocas se apoderaron del presente, lo que me llevó a buscar esas viejas fotos amarillentas que atesoro, que me trasladaron imaginariamente al pasado, el colegio, los maestros y la obligación casi sacramental de inculcarnos la lectura además de colaborar junto a la familia en la formación de los adolescentes.
Anécdotas y momentos vividos surgieron como un torrente imposible de contener. Todos pasaron por el tamiz de los recuerdos.
El futuro encuentro, apretó el gatillo de ésta historia, engalanada con la visión que solamente el paso del tiempo te puede obsequiar, lo que me llevó a aquellos tiempos juveniles y en especial a la década del sesenta y los cambios que se estaban produciendo.
La televisión había comenzado a tomar forma en sus grandes cajas de madera en blanco y negro y el cine con sus nuevos colores, le daba una luz diferente a las historias que en él se contaban.
La llegada de los Beatles, la presencia del hombre en la luna, los hippies con su nueva filosofía de vida daban un matiz diferente al mundo que se estaba sacando la venda de la hipocresía.
Pero el barrio aún mantenía la vieja arquitectura, las plantaciones en cualquier pedazo de tierra, las macetas de orégano presentando una geografía propia de otras latitudes.
Con esa visión de la vida y de las costumbres un grupito de curas arribados unos años antes del viejo continente, se instalaron en la villa y comenzaron a creer que se podía junto a la pequeña capilla, cuya madre protectora era la Virgen del Carmen, crear un colegio.
Poco a poco aquellos que tuvimos la suerte de ser los primeros alumnos fuimos pasando de grado.
La construcción durante el año lectivo de una nueva aula, sería la que nos albergaría al año siguiente.
Así al llegar a sexto grado, la escenografía edilicia y la capilla se daban la mano.
Pero la necesidad de seguir adelante sacrificó no solo la cancha de fútbol, donde imaginábamos poder llegar a jugar en primera división, sino también el gallinero, la huerta y hasta el de la yegua Pirucha con la que los curas se llegaban a las capillas de barrios cercanos a dar misa.
Ese espacio albergó a los alumnos del secundario, donde brotaron a los primeros peritos mercantiles, todo un adelanto para la época.
Atrás habían quedado las quermeses, las fiestas de fin de año, los actos en las fechas patrias, la campana llamando a misa, el equipo de fútbol y los momentos de diabluras infantiles que pagábamos con amonestaciones y penitencias. El estómago y el olor a comida ordenaron la suspensión de los recuerdos.
…La semana continuó a la espera del reencuentro. … Y llegó el día.
Salí con tiempo, con la idea de recorrer las calles del barrio, luego de tantos años de ausencia.
Di una vuelta por los lugares que solía transitar, percibiendo los cambios que habían transformado un barrio de inmigrantes en un área residencial.
Los potreros, nuestros estadios de fútbol de entonces ya no estaban, los bancos de la plaza donde charlas confidencias y tiempos compartidos imaginaban el futuro habían desaparecido, el frente del colegio y hasta la vieja capilla se habían trasformado en edificios de moderna construcción.
Con esa extraña sensación de que el lugar de pertenencia en mi imaginación, no existía más, acongojado me dirigí a la dirección indicada, lugar donde se produciría el tan ansiado reencuentro.
Grande fue mi sorpresa cuando comprobé que lo único que no había cambiado era ésa casa, hasta los colores pasteles carcomidos por el tiempo eran los mismos que recordaba.
Esa imagen me detuvo por un momento. La puerta que tantas veces había traspasado en mi juventud, ahora se abriría a lo desconocido.
La algarabía del reencuentro, se produjo entre emociones encontradas y personajes desconocidos. Caras, vestimentas y actitudes nos habían alcanzado de manera diferente, el abrazo fue un rito riguroso, recordándonos por los apodos.
Un brindis fue el detonante. Los recuerdos de momentos vividos y el viaje de egresados fue la primera partitura de una gloriosa sinfonía.
Así surgieron las anécdotas de ese viaje, que iniciamos en tren desde Retiro, en el mes de enero del año 1965, rumbo a Tucumán, Salta, Jujuy y Córdoba en una noche de intensa lluvia acompañados por el Cura, quien tuvo que reponerse luego de algunos sobresaltos en recuperar la sotana en Rosario cuando se la sacamos y repartimos estampitas y bendiciones en el andén de la estación.
Como un rompecabezas cada uno fue aportando una nueva pieza a los recuerdos, para dar paso a una nueva etapa, saber como nos había tratado la vida.
Rompió el hielo “Mango”, luciendo aún su prominente nariz. Su primera confesión fue coherente con el pasado, afirmando que su vida la había vivido según la filosofía tanguera. Ese aspecto de mayor edad que tenía en la juventud era la misma que mostraba hoy, con su camiseta musculosa y el pañuelo al cuello junto a la parrilla. Su relato culminó destapando el corcho de su actividad, jubilado de la Municipalidad, tenía una familia y estaba satisfecho con lo vivido.
A un costado estaba Ángel el organizador de la reunión. Desde joven la vida lo había obsequiado con la posibilidad de portar hasta sus últimos días dos tremendos culos de botellas sobre su nariz. Hubiera sido un excelente futbolista, pues sus gambetas eran según los dichos de estos días maradonianas, motivo por el cual canalizó su vida a través de su profesión de contador y constituyó una familia según el mandato de sus ancestros calabreses sumando buenas y malas en la vida como la todos nosotros.
El alto en los recuerdos tuvo que esperar, pues el asado ya estaba a punto, así que nos fuimos arrimando a la parrilla plato en mano. Sentado en un costado de la mesa observaba minuciosamente a cada uno de los muchachos, muy diferentes por cierto, en sus expresiones, su forma de comer y su vestimenta.
El hoy robusto “Carlos”, se fue a vivir a Merlo, San Luís y desde allí comercializaba y distribuía artículos eléctricos, estando en paz con sus expectativas de vida. El Gordo de otrora, hoy flaco exitoso comerciante y dueño de una magnifica ferretería.
En la cabecera se encontraba el dueño de casa, aquel que en nuestra juventud ponía los apodos y hacia gala de las cargadas. Personaje virtuoso, muy buen alumno, de espíritu jovial y único hijo de una familia acomodada.
A los postres empezó a contarnos sobre los motivos por los que hoy se transportaba en una silla de ruedas, según él, por una errónea prescripción médica.
Un matrimonio fracasado, al igual que dos posteriores parejas, con una hija enemistada a la que no veía por más de 12 años y que tampoco deseaba volver a ver.
Aun conservaba su pelo enrulado, pero sus dedos teñidos de nicotina, el temblor en las manos propias de los bebedores, su imposibilidad de movilidad y refugiado en ese bunker, contrastaba con los buenos réditos económicos alcanzados.
Al escucharlo, cavilaba como aquel emprendedor, simpático y prometedor muchacho, había dejado previa la materia de la vida y el futuro promisorio.
Surgieron los consabidos comentarios de aquellos que ya tenemos algunos años de inquilino en este planeta, sobre los achaques de unos, la desaparición física de otros, y el recuerdo de aquellos que por diversas razones no habían podido participar.
Luego del postre dimos por finalizado el encuentro, no sin antes caer en la repetida frase, no dejemos pasar el tiempo y volvamos a juntarnos pronto.
De regreso, imaginaba el precipicio tan hondo en que había caído éste personaje ganador y como había perdido en esa vorágine de éxitos, las enseñanzas recibidas.
Pensar que la vida es tan generosa en oportunidades y la soberbia muchas veces nos impide verla, está en uno subirse al tren o quedarse a esperar el fin, en la estación de la vida. ¿A vos que te parece…?